Thursday, June 26, 2008

Apto



—Tengo que decirte algo —dijo Magaly, pero él lo sabía desde la noche anterior.
—Se acabaron los juegos de canasta.
Estaba contrariada, como si temiera el fin de las visitas al sótano. Porque la canasta era un pretexto, como antes el monopolio y mucho antes las damas.
—La culpa es de Elvira. No digas que no te lo advertí.
—No me di cuenta, lo siento.
—La culpa es de Elvira, lo hizo para joderme.
—¿Crees que sepa algo?
—Sospecha. ¿No te acuerdas la otra noche, que tiró la carta al suelo y se agachó de pronto?
—Por poco me coge.
—No debiste hacerlo. Tenemos que cuidarnos más.
—Bueno, está bien.
—No debiste hacerlo y tampoco debí dejarte. Soy mayor que tú y conozco a Elvira. Ahora ya no importa. Se acabaron los juegos de canasta.
—Pensé que lo iba a pasar por alto. Fue sólo una vez. Hasta creí que no se había dado cuenta.
—Siempre se da cuenta y no le gusta. No me hiciste caso. Ya pasó con la vecina del tercer piso. Subían todas las noches y de pronto se acabó, como ahora.
—¿Y si le pido disculpas? A lo mejor me perdona.
—Ni se te ocurra. No se lo menciones. Tú le caes de lo más bien. La culpa es de Elvira. Es una hijaeputa. El se lo dijo, que ella tenía la culpa. Baja como si nada, conversa con él, pero ya sabes que se acabaron los juegos de canasta.
La miró alejarse por el pasillo. Las piernas eran la parte más fea de su cuerpo. “Dos palitroques. Las piernas de esa Magaly son dos palitroques”, le oyó al encargado pocos días después de mudarse.
Hacía dos años de su llegada a La Habana. Desde el campo, su familia le mandaba comida en abundancia. Matilde se había brindado para cocinarle.
A él no le gustaba esa comida preparada a la carrera y prefería irse a un restaurante. La mujer era costurera y tenía que pasarse el día haciendo vestidos y arreglando ropa de hombre para poder mantenerse ella y sus dos hijas. Sus padres le enviaban dinero suficiente para comer en la calle todos los días.
Pronto se acostumbró a dejar a Matilde todo lo que traían los paquetes de alimentos que le enviaban desde el campo. Era una lástima que esas cosas se echaran a perder con la escasez que había en la capital. Además, el empleado de ferrocarril prefería dejar abajo las pesadas cajas y no tener que subirlas por la escalera hasta el segundo piso.
Todas las noches lo avisaban por teléfono y bajaba y comía con Magaly. A veces se quedaba a jugar a las cartas con ella, Elvira y el médico. Cuando comenzaba el juego Matilde se iba a dormir. Luego se marchaban Elvira y el médico y él se quedaba solo con Magaly.
Había pasado un mes desde la mañana en que fue a ver al médico y le enseñó el pene. Una noche se quedaron solos por un momento en la sala del pequeño apartamento. Magaly había salido con un ingeniero, profesor de la universidad. Una vez a la semana venía a buscarla para llevarla a comer. Elvira y su madre discutían en el cuarto. Decidió aprovechar la ocasión. “Ve mañana a La Covadonga, a las doce”, le dijo el médico.
El consultorio era una habitación pequeña, con un escritorio y un par de sillas. El doctor acaba de almorzar y antes de hacer la primera pregunta abrió una gaveta del escritorio. Sacó una caja de tabacos. Le brindó uno. El negó con una sonrisa. Nunca lo había visto fumar. Elvira se lo tenía prohibido. Tampoco había visto a nadie fumarse un tabaco tan grande en un hospital. El médico lo escuchaba con actitud profesional, esforzándose en impedir que la mirada se le perdiera tras el humo que comenzaba a llenar el cuarto. “¿Me lo quieres mostrar?” Llevaba meses sin atreverse a hacer la pregunta. “¿Has tenido dificultades al realizar el acto sexual?” Le pedía que retirara el prepucio para dejar al descubierto el glande. “No tienes ningún problema, es perfectamente normal.”
—Siempre lo he hecho con mujeres que ya se han acostado antes.
Quiso decirle que sólo se acostaba con prostitutas. No se atrevió. Esa otra mentira era muy grande, porque entonces no había putas en La Habana, o al menos no eran fáciles de encontrar. Dejó que el médico se imaginara con quien se acostaba.
—Tengo miedo de tener problemas si me acuesto con una virgen. Nunca me he acostado con una virgen. ¿Usted cree que pueda doctor?
Sintió alivio al decir una verdad. Volvió a preguntarse si quien escuchaba y miraba, con rostro comprensivo pero indiferente, creía que él se estaba acostando con Magaly. El hombre que en esos momentos disfrutaba de un tabaco era psiquiatra y urólogo. Estaba casado y vivía con Elvira que había sido su paciente y ahora era su amante. “Para Elvirita, mi paciente preferida”, leyó un día la dedicatoria en una edición en rústica de Los cuatro gigantes del alma. Todavía era posible adquirir el ejemplar por veinte centavos entre los libros viejos y casi siempre sucios que los vendedores callejeros colocaban con desgano en las aceras de La Habana Vieja. Elvira y el médico daban la impresión de ser un matrimonio; el otro matrimonio, como si no bastara con uno. Nunca se miraban ni se besaban y lo único que a éste no le gustaba era que ella era muy mal hablada. No resistía las malas palabras. Si alguien decía una en su presencia, daba la vuelta y se iba.
El médico llegaba y se tomaba dos o tres jaiboles mientras esperaba a Elvirita para salir a comer. A veces se encontraba con ellos en la barra de un restaurante. Era cuando Matilde no se acostaba temprano y él no podía quedarse solo con Magaly. Sin razón entonces para continuar en aquel apartamento caluroso y estrecho —al que siempre llegaba vestido de traje, luego de darle brillo a los zapatos y demorarse lo suficiente delante del espejo para que el nudo de la corbata ajustara perfecto al centro del cuello de la camisa—, salía a la Avenida de los Presidentes y cruzaba a la amplia senda para peatones del centro.
Con sus árboles y bancos —en los que siempre encontraba algunos enamorados— la zona de peatones de la avenida era un buen inicio para la noche habanera, que pronto le hacía olvidar el sótano y el tiempo que gastaba a menudo a la espera de que Matilde se acostara. Comenzaba a sentir la brisa mientras caminaba dos o tres cuadras hasta la calle 23, para doblar allí a la derecha hacia el mar. En La Rampa, antes de llegar a El Malecón, buscaba un lugar donde permanecer en la barra de un restaurante hasta que cerraran.
—No te preocupes, eres normal.
Cuando se lo contó a Magaly, ésta tampoco le hizo más preguntas. Pese al tiempo que llevaba insistiendo en lo mismo. “Tienes que lavártelo muy bien. Los hombres no se lavan bien esa cosa”, decía Magaly. Abría el agua caliente de la ducha al máximo y casi cerraba por completo el agua fría. Hasta que no podía soportar más el chorro. Era otro reproche que le hacía a sus padres: no haberlo circuncidado.
No fue hasta llegar a La Habana que el asunto comenzó a preocuparle. En las duchas del estadio universitario, durante las movilizaciones militares y en los trabajos agrícolas, veía a otros cuyos órganos sexuales exhibían el glande al desnudo. El suyo estaba cubierto por esa piel que tenía que retirar a la hora de orinar. De lo contrario era incapaz de dirigir el chorro, que terminaba mojando el pantalón. También estaba seguro de que ese trozo de pellejo había impedido que su pene adquiriera proporciones mayores. No estar circuncidado era una muestra de atraso, una costumbre bárbara y una falta de higiene. En todos los hospitales se practica la circuncisión en la actualidad. Lo había leído en un libro. Lamentó el haber nacido en un pueblo de campo, donde aún no habían llegado esos adelantos. La operación era muy sencilla cuando se le realizaba al recién nacido. En el adulto era un procedimiento doloroso, que demoraba días en sanar.
Conocía el sitio. Había vuelto a La Covadonga. La diferencia era que ahora nadie lo obligaba. ¿Y la insistencia de Magaly? ¿No era ella la causante de esta visita? Al menos en esta ocasión ningún telegrama había llegado a su puerta, casi a las doce de la noche, luego del mensajero gritar su nombre a la entrada del edificio y él salir al balcón y los vecinos asomarse a las ventanas para enterarse de la noticia. “Tengo suerte con este hospital, siempre salgo apto”, se dijo.
A los pocos meses de inscribirse en el servicio militar, fue llamado para un examen médico. A las cinco de la mañana en La Covadonga. Antes de la revolución la clínica era una institución privada y daba servicio a los que pagaban una cuota mensual de tres pesos. Ahora era un hospital público —como todos en Cuba—, aunque conservaba el nombre antiguo.
Luego de llenarle varios formularios lo pasaron a un consultorio dental. Le revisaron la boca. Tenía varias caries. Le asombró que tuviera caries. Nunca había pensado que eso pudiera ocurrirle a él. Las caries eran cosa de viejos, como sus padres. En su familia era raro que alguien se hiciera un empaste. Cuando una muela estaba mala se sacaba. Sus abuelos y muchos de sus tíos tenían la dentadura postiza. Su padre también. Ese era uno de sus mayores miedos: perder los dientes y que su boca se convirtiera en una franja rosada e inútil, solo apta para recibir una prótesis. La dentista —la última mujer que vio por las próximas tres horas, antes de que comenzaran a examinarle el resto del cuerpo— hizo una cruz en una casilla para caracterizar la higiene bucal. Señaló que era buena. Se lavaba los dientes sólo una vez al día. No era verdad que su higiene bucal fuera buena. Quizá tampoco tenía tantas caries.
Después le dijeron que fuera a un salón grande, con un biombo colocado al pasar la entrada. El biombo era de tela y tenía una armazón de metal, similar al que había visto en una película. Recordaba la escena en que éste servía para separar a la protagonista —que agonizaba— del resto de los pacientes. Tras el biombo el salón le pareció enorme. En las paredes laterales se abrían varias puertas. Luego supo servían de entrada a pequeñas habitaciones. En la del fondo habían colgado varios carteles. Las letras no se distinguían desde donde él estaba. Sólo veía varios puños en alto y manos que alzaban armas hacia el cielo. En la primera habitación, a la derecha, se encontraba un oficial que anotaba nombres en una lista. Un mostrador de madera separaba al oficial de los jóvenes que iban entrando. “Desvístase.” Un recluta tomaba la ropa y entregaba una ficha. Luego caminaba hasta el fondo del cuarto, doblaba a la izquierda y entraba en otro. Debían ser varios reclutas. No tuvo tiempo para diferenciarlos. “Todo, zapatos, medias. Desvístase completo.” El recluta no hablaba. Era el oficial el que impartía las órdenes. “Siéntese en aquel banco. Preséntese cuando oiga su número.” El número estaba en la ficha. A cada momento lo miraba para no olvidarlo. En el banco —de madera sin pulir—había diez o doce hombres de su misma edad, sentados desnudos. Nadie hablaba. Nadie miraba al otro. Al ser llamado por el número, se entraba en otra habitación. Luego en otra y en otra y en otra. Dos o tres veces tuvo que esperar antes de poder pasar. Entonces volvía desnudo al banco. En algunos cubículos había una mesa de reconocimiento. En otros una silla. Una o dos veces debió permanecer de pie y contestar las preguntas que le hacían desde detrás un escritorio. Un médico le mandó acostarse boca arriba y boca abajo, mientras le palpaba diversos órganos. Luego le separó las nalgas para observar el orificio del ano. Después le dijo que se parara y le presionó los testículos. Otro lo auscultó. Le mandaron caminar y mantenerse en la posición de firmes, con los pies juntos. En otro cuarto le examinaron la visión. El asiento del equipo óptico se le pegó a las nalgas y al levantarse pudo ver las pequeñas gotas de su sudor en la cubierta. Por último le preguntaron de pesadillas, temores y obsesiones. Al final del recorrido —pues sin darse cuenta le había dado una vuelta al salón, de derecha a izquierda— otro oficial revisó el expediente, mientras le devolvían la ropa y él se vestía presuroso.
—Habla con el médico. Está completamente borracho. Quiero irme —le pidió Elvira—. Tú te vas con nosotros.
No quería marcharse con ellos. Le había dicho a Matilde que iba a comer en la calle porque no quería enfrentarse de nuevo a la cara de reproche de Magaly. Para colmo, en el restaurante se había encontrado a quienes menos quería ver esa noche.
—No te preocupes, siempre toma igual.
—Es que luego se va solo para su casa. Un día se va a matar o se va a quedar dormido o lo van a coger y se lo van a llevar preso o le van a robar la máquina. Hoy además faltó a la guardia diciendo que se sentía mal. Si tiene un accidente y se enteran en la clínica lo botan.
—Lo he visto tomar más otras veces, no te preocupes.
—Díselo, a lo mejor a ti te hace caso. Está del carajo.
—No.
Al médico no le gustaba que Elvira hablara así. Sobre todo mientras jugaban canasta. “Vamos a ver, ¿cuál es la cabrona cartica que vas a tirar ahora Alex?” La miraba disgustado y se limitaba a un breve regaño. “Elvirita, Elvirita.” A esa mujer le gustaba joder. “Aquí tienes la cabrona cartica Elvirita.” Había caído en la trampa. Sabía que ella sospechaba que él quería acostarse con la hermana. Era una razón poderosa para que jodiera más aún.
Al día siguiente bajó a comer al sótano. El médico llegó a las diez. Se tomó un par de tragos y peleó con Elvira, que aún no estaba lista para salir. Una hora después se marcharon. Luego Matilde se acostó a dormir.
Pensó quedarse, pero Magaly le dijo que estaba muy cansada
“Completamente apto.” El oficial lo dijo sonriendo. El sonrió también porque se sabía inmune al ejército mientras estudiara en la universidad. Una semana después le escribió a sus padres, contándole del examen médico, y les dijo que estaba contento de su estado físico. “Hubiera sido mejor que tuvieras algún defecto”, le contestó su madre.
Fotografía: vista del malecón habanero al amanecer, el 17 de agosto de 2007 (Alejandro Ernesto/EFE).

Wednesday, June 25, 2008

Dentro de la revolución



Me deprimió escuchar aquella grabación. Antonio Benítez Rojo acaba de pronunciar una conferencia en la Universidad. La cinta esperaba a ser transcripta —para incluirla en un anuario de actividades culturales que nadie pensaba sería publicado.
Benítez señalaba la presencia de una literatura fantástica y al mismo tiempo destacaba la vigencia del manual de Konstantinov (Fundamentos de filosofía marxista-leninista), que parecía volver a estar de moda. ¿Cómo justificar la existencia de ambas verdades?, decía el autor del Estatuas Sepultadas. Porque hay la verdad del Konstantinov y también la otra verdad de la literatura fantástica. Y ambas verdades eran válidas, según Benítez. El autor dedicaba casi dos horas a encontrar una justificación.
—Mucho Cortázar que ha leído y que ahora niega —dijo Sara Calvo, que también escuchaba la cinta.
Esperé hasta el final de la cinta, esperando oír el nombre de Cortázar, pero Benítez no se “pronunciaba” al respecto. Sabía que no había sido necesaria la presencia de León y José Antonio para enseñarle la lección.
Fue Rine Leal el que —días después— me sacó de la depresión.
—Nuestro reino no es de este mundo —me dijo Rine.
—No te preocupes por lo que ahora diga Benítez. Es un buen cuentista. Lo demás no importa. Y recuerda esto: Nuestro reino no es de este mundo —Rine lo repitió con amabilidad, incluyéndome en un reinado al que no tenía derecho a pertenecer.
Es difícil reconocer que toda la cultura del país retrocede cuando uno comienza a escribir. En cualquier país ese descubrimiento puede ser un estímulo para iniciar una obra, pero no en la Cuba de la década iniciada en 1970. Porque se sabe que si uno no se suma al retroceso jamás verá publicado un cuento ni un poema. Luego se ha hablado de “quinquenio gris”, pero fue más que una falta de matices.
Conocí a Heberto Padilla en casa de Alberto Mora. Acaba de salir de prisión y de criticarse y de criticar a su mujer y a sus amigos y aquella noche ni siquiera tenía la posibilidad de encerrarse en sí mismo.
Sareska —la viuda de Olo Pantoja, el guerrillero muerto con la tropa del Che— conversaba con él. Heberto pensaba que Sareska era agente de la Seguridad del Estado. Que estaba allí no porque fuera amiga de la mujer de Alberto sino para continuar el interrogatorio suspendido en Villa Marista.
Alberto nos había advertido que Heberto estaba en la reunión y al principio Sara se negó a ir para protegerme.
—No querías venir —le dijo Alberto a Sara, mientras se preparaba un trago en la cocina y me ofrecía otro.
—Es verdad. Nos conocemos demasiado. Eso es lo malo de las viejas amistades —contestó Sara.
—Fue Armengol el que quiso venir —y Alberto me miró y yo respondí que sí orgulloso.
Pero no fui por Alberto ni por Heberto, sino para continuar la visita casi a oscuras, de aquel mediodía en casa de Norberto.
Sólo que ahora no había Che disfrazado de hippie y nadie se mostraba desafiante. La conversación aquella noche en la sala del Alberto no acaba de despegar, como si todos estuviéramos en el patio de una prisión y esperáramos ser llamados a las celdas de un momento a otro.
—No tomes mucho. No hables nada. Alberto me pidió que te advirtiera que no dijeras nada delante de Sareska —me dijo Sara cuando fui a tomarme un segundo trago.
No se habló de literatura entonces, pero sí meses después. Heberto y Pablo Armando repetían elogios sobre Agosto 1914, la novela de Alexandr Solzhenitsin. Era en la casa de Pablo y Alberto ya no estaba.
—Armengol la leyó y no le gustó —dijo Sara.
Ambos escritores me miraron.
—Reconozco el valor de Solzhenitsin, pero no creo que sea un gran novelista —dije.
—Sí, seguramente un escritor soviético la había escrito mejor —respondió Heberto, y no repliqué porque no quería entrar yo también en el patio de la prisión, como antes en el apartamento de Alberto.
—Es muy simple. Contesta dos preguntas —le dijo Alberto a Heberto, en aquella casa a la que Alberto se había mudado semanas antes y en cuyo baño se pegó el tiro.
—Estoy harto de que me hagan test psicológicos, ya me hicieron bastante —contestó irritado Heberto.
Era un cuestionario simple, sobre la base de un par de dibujos. Una de las tantas pruebas de psicología popular. Alberto la había descubierto una semana atrás.
—Tu problema es que aún no has definido un camino. Te dispersas mucho. Concéntrate en algo —fue la conclusión de Alberto sobre mis respuestas a la prueba, que sabía carecía de valor.
—Tienes razón, el test funciona —le dije para tranquilizarlo, porque esta otra noche lo notaba muy alterado y me daba cuenta que Alberto había bebido demasiado.
—El test funcionó en Armengol, ¿por qué no crees que va a funcionar contigo? —increpó Alberto a Heberto.
—Pues se lo haces otra vez a Armengol. Se lo haces a Belkis, Se lo haces a quien te salga de los cojones, menos a mí —respondió Heberto.
—A mí no —gritó Belkis.
—Es para ayudarte. Necesitas encontrar un camino —insistió Alberto.
—Vete al carajo. Tú y tus caminos pueden irse al mismísimo carajo. No me jodas más. Ya me han jodido bastante la vida.
Aquella noche descubrí la facilidad que tenía Heberto para pasar del cinismo a la mala educación —Se parece a un documental de Santiago Alvarez, pero a la inversa —les dije a Heberto y Guillermo Cabrera Infante. Estábamos hablando de Nadie Escuchaba, la película de Néstor Almendros y Orlando Jiménez, en la casa de Heberto en Miami y Alberto tampoco estaba.
—No sabes lo que dices —me respondió Heberto.
—¡Pero estás loco Armengol!, ¿cómo se va a parecer a un documental de Santiago Alvarez? —saltó Guillermo.
—Te aseguro que esa película le ha hecho un daño enorme a Fidel Castro —agregó Heberto.
—Lo que no quita que a mí me siga pareciendo un documental de Santiago Alvarez —fue mi respuesta.
—Te ha hecho mucho daño el cine soviético —dijo Guillermo.
—Son las nuevas generaciones. No han visto otra cosa y no tienen puntos de referencia —. La ironía de Heberto se concentraba en la mirada y no en las palabras.
—Es posible —y traté yo también de ser irónico sin lograrlo.

Ilustración: Nicolás Lara.
Nicolás Lara ha participado en numerosos recitales de poesía y publicado los poemarios Los versos vienen del sur, Ortografía de la soledad y Beso con lengua. En estos momentos tiene lista para ser publicada una novela y trabaja en otra. Como artista plástico ha presentado numerosas exposiciones personales en Cuba y otros países, obtenido varios premios nacionales e internacionales y sus obras han sido expuestas y/o forman parte de colecciones provadas y públicas en países como Argentina, Alemania, Brazil, Canadá, Costa Rica, Cuba, Eslovaquia, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Inglaterra, Italia, Kuwai, Méjico, Rusia, Suecia y especialmente en la colección Sotheby`s.

Thursday, June 19, 2008

Audrey Munson



Pocos conocen su nombre, pero es difícil que quien visite Nueva York no encuentre su rostro. Y lo que es mejor, su cuerpo. Una figura de cobre de veinte pies que representa la “Fama Cívica”, con la mirada vigilante sobre el edificio de la municipalidad. También en la entrada de la Galería Frick, donde se muestra desnuda. Guía con firmeza la carroza, tirada por tres furiosos corceles, en el Monumento al Maine, en Columbus Circle.
No alcanzan estos sitios para contener a una mujer que no tiene reparos en exhibirse. Se repite en todas las figuras femeninas, como si las esculturas fueran incapaces de contener tanto ímpetu. Representa la paz en la corte de apelaciones neoyorquina y reaparece en un ventanal de colores de la Iglesia de la Ascensión. Vuelve a estar desnuda en la fuente Pulitzer, frente al hotel Plaza. Se muestra lánguida en el memorial a Isa y Isidor Strauss en el Strauss Park. Sirve de inspiración para treinta obras de artes en el Museo de Arte Metropolitano. Su cara se reproduce en las estatuas Miss Manhattan y Miss Brooklyn a la entrada del Museo de Arte de Brooklyn. Idealiza la hermosura en el frente de la Biblioteca Pública de Nueva York.
Nunca le bastó la ciudad: adorna las mansiones de John D. Rockefeller y George Vanderbilt, el yate de J. P. Morgan y las monedas de diez y cincuenta centavos. Se convierte en la principal modelo para la Exposición Internacional Panamá Pacífico en San Francisco. Aparece una y otra vez, en los 24,000 pies de murales decorativos y vuelve a figurar en varios grupos estatuarios. Es el símbolo de esa exposición, y no permite a otras mujeres que usurpen su encanto. Luego inicia una carreta de actriz de cine y aparece desnuda en películas ahora perdidas.
Es famosa. Repetida hasta el cansancio durante su momento de mayor esplendor. Una cara familiar en un país enorme, cuyas fronteras parecen incapaces de apresarla, Una figura reconocida por todos los hombres. Luego la reclusión y un largo silencio.
Audrey Munson vivió hasta cumplir 15 años en Providence, Rhode Island. Entonces soñaba con estudiar música y danza. Al divorciarse sus padres, la madre se la lleva para Nueva York.
Fue una tarde de 1906. Madre e hija recorren las tiendas del centro de la ciudad, cuando un hombre comienza a seguirlas. No dice nada, pero tampoco deja de mirar a la adolescente. La madre le pregunta qué desea, le pide que se vaya, que deje de perseguirlas. El responde que es fotógrafo. Les da la dirección de su estudio, donde quiere retratar a Audrey.
Van al otro día. Bajo la mirada vigilante de la madre, Audrey es fotografiada una y otra vez. Cara y cuerpo. Poses ingenuas que no despiertan la menor sospecha. Nada más ocurre.
Ambas mujeres lo han olvidado por completo, cuando un día el fotógrafo regresa. Ahora pide algo distinto. Desea mostrar las fotos a un amigo, un escultor de origen húngaro. El artista quiere que la joven pose desnuda.
La madre se resiste al principio, pero cede poco después. ¿Por dinero?, ¿por complacer a su hija?, ¿convencida por el escultor? Audrey no ha cumplido aún los 16 años. La escultura tiene un nombre emblemático: Las Tres Gracias.
Nunca será suficiente una figura para encerrar el cuerpo de Audrey. El hotel Astor adquiere la pieza y la coloca en su elegante vestíbulo.
Es el comienzo. Años más tarde, ella se referirá a la obra como “un souvenir del consentimiento materno”.
A partir de ese momento, Audrey comienza a ser codiciada por los artistas. Pronto se convierte en “La Reina de los Estudios”. Siente una inclinación peculiar por despojarse de la ropa. No tiene reparos en permanecer desnuda durante largas horas. Atrae por igual al arte y a la censura. Comienza en el país la era de la Prohibición y las cruzadas morales. “Esta joven debería avergonzarse”, exclama Elizabeth Gannis, la presidente de la Liga Nacional Cristiana para la Promoción de la Pureza. “Es posible que tenga unas facciones y una figura perfectas, como dicen los escultores, pero ello no le da permiso para exhibir sus encantos delante del público”, agrega con resentimiento.
Audrey no la oye. O finge no oírla. Al ser entrevistada por un periódico, expresa que asume su desnudez como “un sacrificio en favor del arte”. Invierte los valores de tantas cruzadas morales y de todas las ligas cristianas que la atacan. No responde con desenfado. Asume una actitud ética: “Comenzamos a usar ropa sólo cuando los pensamientos malignos y de culpabilidad se alojan en nuestra mente. Los vestidos son dañinos para nuestros cuerpos y aún peores para nuestras almas”. ¿Convencimiento, inocencia o astucia?
Nadie, sin embargo, se preocupa por destacar su entereza moral. Nadie la escucha. Prefieren mirarla.
La vida de la modelo es deslumbrante, pero no basta para engañarla. Pronto se da cuenta que va a ser breve. Cuando los artistas empiezan a cansarse, cuando se da cuenta que ya no sirve de musa, descubre que hay muchos que aún desean seguir viendo su cuerpo. Entonces empieza su carrera cinematográfica.
En su primera película, Inspiration, repite muchas de las poses que han inmortalizado su cuerpo sin ropa en las estatuas. Por primera vez —y bajo el socorrido pretexto del arte— aparece una mujer desnuda en una cinta norteamericana. Ya para entonces sabe que otros han agotado su figura en esculturas, las cuales se hallan en monumentos, edificios públicos y mansiones de todo el país. También conoce que hay un nuevo camino por descubrir. El cine le brinda la oportunidad de exhibirse en un ámbito más reducido: las salas oscuras. Pero no desperdicia el hecho de que esa aparición momentánea se repite incansable de ciudad en ciudad, noche tras noche. El momento cumbre de la película es una escena donde aparece sólo cubierta de pies a cabeza por un barro húmedo.
La inspiración continúa en otras tres cintas: Heedless Moth, Girl O’Dreams y Purity. En todas se repite esa mezcla de ingenuidad y modestia que despierta lujuria.
Apenas unos pocos las conocen hoy. Nadie se atreve a reconocerle valor cinematográfico a sus películas, ni a catalogar sus actuaciones.
El fracaso de Audrey no llega a causa de los críticos. Tampoco gracias a los defensores de una moral de parroquia. Un asesinato ocurrido en 1919 —muy comentado en la prensa y en el que se ve envuelta de forma involuntaria— destruye su carrera.
Es el fin. La decadencia la lleva poco a poco a la locura. Ingresada en 1931, a la edad de 39, pasa el resto de su vida en una institución de psiquiatría. El olvido no tiene piedad y la persigue hasta la muerte, que ocurre en 1996.
Había cumplido 105 años y ya no se acordaba de su belleza.

Annette Kellerman



Dos desgracias hicieron famosa a Annette Kellerman. La primera fue una debilidad congénita en las piernas. La ruina económica paterna conformó la segunda.
Kellerman nació en Sydney, Australia, en 1888. De niña sus piernas apenas podían sostenerla, por lo que caminaba auxiliada por un soporte especial. Comenzó a practicar la natación sin la pasión deportiva y menos aún el estímulo de destacarse, sino buscando un medio para fortalecer unos miembros débiles que le negaban apoyo. Pronto pudo caminar, correr y tomar clases de ballet. A los 10 años había ganado varias competencias nacionales.
Cuando tenía 14, su familia se trasladó a Inglaterra. El cambio no logró mejorar la difícil situación económica del hogar, y al padre le iba cada vez le iba peor en los negocios cuando decidió sacar algún provecho del talento de Annette.
Frederick Kellerman anunció que su hija nadaría 26 millas por el río Támesis, desde Putney hasta Blackwall. Nadie le creyó. Entonces el celo publicitario de Frederick fue más lejos. Afirmó que la adolescente se alimentaría sólo de pan y leche durante el período de preparación antes de la prueba.
Annette nadó, triunfó y se hizo famosa. Durante un tiempo se dedicó a realizar hazañas similares. Sin embargo, nunca logró cruzar el Canal Inglés aunque lo intentó en dos ocasiones. Sólo una conjetura permite asociar estos fracasos con una vocación artística, pero lo cierto es que decidió entonces dedicarse al vaudeville.
Gracias al teatro y a la natación pudo viajar a Estados Unidos. Para mediados de 1907 ya era una sensación en este país.
Como parte de una campaña publicitaria, se presentó en una playa de Boston con el mismo vestuario que usaba a diario en el teatro. La ajustada malla negra dejaba al descubierto piernas, brazos y cuello. Una mujer la vio y llamó a un policía. Fue encerrada y luego llevada ante la corte. Luego regresó a la playa. Ahora llevaba cosida a la malla unas medias del mismo color, unas mangas y un cuello. Nadie pudo detenerla de nuevo, porque su nuevo traje cumplía los requisitos legales. Fue el nacimiento del traje de baño de una sola pieza.
El escándalo no detuvo su fama. Se presentó en diversos escenarios, junto a Charles Chaplin, Al Johnson, Enrico Caruso y Anna Pavlova. Actuó en varias películas silentes. Neptune’s Daughter, Queen of the Sea, Daughter of the Gods y Venus of the South Seas, son los títulos que más se mencionan pero hubo otras. Ninguna tuvo un mayor mérito, salvo los números de ballet acuático en que Kellerman se servía del agua para salvar a la película con su cuerpo. Sólo se conserva Venus of the South Seas, de 1924, que fue su última cinta, donde hay una escena submarina filmada en dos colores.
Daughter of the Gods, de 1916 y dirigida por Herbert Brenon, tuvo un encanto mayor. Annette se mostraba desnuda. Su larga cabellera flotando bajo una cascada. Allí interpretó a una diosa de tal belleza, que al caer en una laguna llena de cocodrilos los convierte en cisnes. Dicen que la figura de la nadadora hacía olvidar la cursilería. Esther Williams llevó su vida al cine en 1952. Million Dollar Mermaid aún puede verse en video y de vez en cuando en algún horario de la televisión nocturna, pero sólo sirve para recordar a Williams y no a Kellerman. Para entonces Annette ya estaba retirada, aunque no moriría hasta la edad de 87 años, en 1975.
Fotografía: Annette Kellerman en Daughter of the Gods.

Tuesday, June 17, 2008

Contra la invención



La primera guerra contra los inventores duró tres siglos. La que acaba de concluir apenas dos semanas.
Nunca se pensó que una actividad tan nociva pudiera volver a florecer. De ahí el horror y las medidas drásticas que hubo que tomar para asegurarnos que las próximas generaciones estén inmunes a este flagelo. Hoy por hoy, se puede asegurar que no existe la más remota posibilidad de que vuelva a surgir en el futuro una mente desviada capaz de crear algo nuevo. Recapitular los sufrimientos —hacer un conteo de las víctimas— carece de sentido. Sin embargo, se hace necesario volver la vista atrás. Relatar para el mañana lo ya por suerte es pasado. Siempre con la esperanza de que nadie lo lea.
Con el fin de las guerras —las epidemias y la explotación de la naturaleza— se pensó que el hombre había alcanzado un estado de plenitud, donde la creación de nuevos objetos sólo contribuiría al avance humano. Pagamos caro por ese error. La multiplicación de equipos, fábricas, instrumentos y artículos para todo tipo de uso convirtió al planeta en un depósito enorme. Era imposible dar un paso sin tener que recurrir a un soporte ajeno al individuo. Resuelto el problema energético y alcanzado un grado de perfección social que descartaba la distinción de riqueza, por un tiempo floreció la ilusión entre los seres humanos de que la única meta que faltaba por conquistar era la perfección de los productos: vehículos que cubrieran las distancias en un tiempo récord; viviendas comportables y con sistemas de conservación capaces de mantenerlas siempre recién estrenadas; medios de comunicación y entretenimiento de posibilidades ilimitadas para todos los gustos. Hospitales y centros de asistencia médica dotados de adelantos capaces de evitar el menor dolor y curar cualquier padecimiento. Sistemas de información que colocaran el conocimiento al alcance de cualquiera, con independencia del lugar donde éste se encontrara; centros de producción completamente automatizados, que colocaban los pedidos más diversos en las puertas de los clientes pocas horas después de haber sido ordenados. Lugares de esparcimiento con la cualidad de adaptarse diariamente a las exigencias de los diversos visitantes.
Gracias al avance industrial, proliferaron los inventores. Desde la comodidad del hogar, cualquiera podía llevar a la práctica sus ideas. Bastaba con sentarse frente a un sistema de creación virtual para convertir en real un proyecto. Unas pocas instrucciones —casi siempre limitadas al deseo de tener o ver cualquier cosa—, y aparecía el producto en una pantalla. Luego ese nuevo producto era sometido a ciertas pruebas, según la elección de su creador: duración, resistencia a los golpes, apariencia en determinado contexto y cambios con el paso del tiempo. Si finalmente resultaba del agrado de quien lo había concebido, simplemente trasmitía la orden a un centro de procesamiento para que el objeto recién creado se materializara.
La ilusión del entretenimiento dio paso a formas despiadadas, responsables de la muerte de inocentes. El primer caso reportado fue de un marido empeñado en disolver el vínculo matrimonial. Paulatinamente fue alterando la composición química de los materiales empleados en su hogar. Logró que su esposa muriera de agotamiento, cuando el simple hecho de llevar un tenedor con comida a la boca o llevar un plato a la lavadora automática no fue posible sino tras un esfuerzo extraordinario, que agotó el corazón de la difunda.
Luego vinieron las venganzas entre vecinos. El césped que crecía de la noche a la mañana, y convertía en una selva impenetrable la vivienda de al lado. La poderosa bomba de agua que inundaba al vecindario, y sólo respetaba al hogar del creador, porque éste previamente había sellado puertas y ventanas. La lámpara solar que derretía los techos circundantes al amanecer y luego era escondida en el sótano, mientras las aseguradoras trataban de descifrar lo ocurrido y los afectados optaban por mudarse, cuando el hecho se repetía en dos o tres ocasiones. De esta forma se liquidaran a precios irrisorios valiosos inmuebles, lo dio pie, y terreno, a que se crearan grandes mansiones en lo que antes eran congestionados barrios residenciales donde edificios enormes apenas permitían apartamentos estrechos.
Cuando resultó imposible castigar a los infractores —las invenciones eran destruidas antes de que llegaran las autoridades, con la impunidad de quien sabía que al poco tiempo podría repetir el procedimiento—, se consideró el adoptar medidas más enérgicas. Controlar las facilidades legales, que posibilitaban el elaborar cualquier equipo —de apariencia inocente y fines catastróficos— y la adopción de códigos estrictos para la adquisición de ciertos materiales fueron apenas remedios temporales.
Al final, de poco sirvieron estas restricciones. Todo el mundo era capaz de elaborar maquinarias a su antojo, a partir de los objetos más simples.
Se impusieron sistemas de control en cada habitación, que detectaban los movimientos de los habitantes, pero éstos fueron prontos burlados por los diseñadores de un ambiente virtual, que enmascaraba las operaciones ilícitas bajo el manto una existencia anodina.
Entonces se decretó la abolición de los bancos de información, los cuales brindaban los datos necesarios para la creación de cualquier artículo nuevo.
Sin embargo, una lucrativa red de contrabandistas permitió que todo el que quisiera —y contara con los recursos económicos indispensables— prosiguiera fabricando objetos capaces de infringir daños a otros.
Entonces se procedió a la privación gradual de los sentidos de los ciudadanos. La vista se redujo a la contemplación de imágenes borrosas. Los ojos permitían distinguir formas, pero eran incapaces de visualizar las cifras y diagramas, que hasta entonces aparecían en las pantallas de los sistemas computarizados existentes en cada vivienda. El oído solo era capaz de captar cierto número de sonidos, que permitían alertar ante un peligro pero no brindaban la capacidad para identificar las palabras que hacían posible la comunicación. El tacto fue borrado para completo, para que no pudiera compensar las deficiencias de la vista y el oído. El gusto sólo lograba identificar los venenos conocidos —ante cada cadáver, instrumentos especializados y autónomos incorporaban cualquier información novedosa, que posibilitara identificar si el muerto había sido víctima de los efectos de una sustancia desconocida—, pero no era capaz de aislar un sabor de otro.
Cuando estas limitaciones se mostraron insuficientes, se procedió a reducir la capacidad del cerebro a un desarrollo embrionario. Por un acuerdo colectivo internacional, hoy el mundo está en manos de sistemas automatizados que se autogeneran y especializan. Ellos facilitan las necesidades básicas de los seres humanos, cuya existencia transcurre tranquila entre sombras, sonidos indiferenciados, comidas insípidas y superficies indistinguibles al tacto.
A nadie le preocupaba esas pérdidas —logradas en un lento avance de tres siglos—, ante la seguridad de que era imposible la creación de algo novedoso que alterara la placidez alcanzada.
Vino a destruir este estado ideal el surgimiento de una asociación ilícita, que encontró la manera de colocar frente a los ojos pequeños objetos planos, capaces de alterar la visión.
Mediante la utilización de fragmentos extraídos de ciertos tipos de rocas, que aún era posible encontrar en lugares remotos, y luego de pulirlos pacientemente durante años —se ha conocido que el origen de estas actividades clandestinas se remonta posiblemente a la anterior centuria—, los conspiradores lograron su objetivo, pero no por mucho tiempo.
Afortunadamente los sistemas de protección ciudadana detectaron esta actividad ilícita —que algunos quisieron rastrear como una muestra del pasado y de lo que otras eras se llamó caracteres cuneiformes—, y en menos de quince días se resolvió el problema. Ya los hombres pueden disfrutar de nuevo de la paz. Gracias al mantenimiento automatizado —este informe, escrito al uso del lenguaje humano no es más que otra muestra de respecto hacia nuestros creadores—, la humanidad puede disfrutar ahora de la seguridad que brinda un mundo donde la visión ha sido erradicada por completo. No nos complace el cumplimiento del deber, ni conocemos lo que es la satisfacción que brinda el agradecimiento, pero una vez más hemos mostrado nuestra eficacia.

Ilustración: Nicolás Lara.
Nicolás Lara ha participado en numerosos recitales de poesía y publicado los poemarios Los versos vienen del sur, Ortografía de la soledad y Beso con lengua. En estos momentos tiene lista para ser publicada una novela y trabaja en otra. Como artista plástico ha presentado numerosas exposiciones personales en Cuba y otros países, obtenido varios premios nacionales e internacionales y sus obras han sido expuestas y/o forman parte de colecciones provadas y públicas en países como Argentina, Alemania, Brazil, Canadá, Costa Rica, Cuba, Eslovaquia, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Inglaterra, Italia, Kuwai, Méjico, Rusia, Suecia y especialmente en la colección Sotheby`s.

Sobre la resurrección



Respecto a la resurrección rigen en la actualidad tres teorías discrepantes.
La primera plantea que la resurrección será en cuerpo y alma. No importa si el cadáver desapareció, fue cremado o sus huesos están dispersos. En el día señalado, el alma volverá a la tierra, buscará lo que dejó abandonado y se hará visible. Los cínicos y escépticos disfrutan mejor que nadie de la idea. Plantean que el llamado “Día de la Resurrección” es en realidad la hora de triunfo de la muerte: en ese momento los últimos seres vivientes desaparecerán y el mundo quedará habitado por almas que sólo cuentan con una apariencia transitoria. Añaden que en poco tiempo éstas encontrarán que los cuerpos son un estorbo innecesario y los echarán a un lado de nuevo. El mundo quedará convertido en un enorme cementerio.
Algunos centros científicos rechazan estos enunciados. Se apoyan en avances médicos logrados en sus laboratorios en las últimas décadas, que según afirman les han permitido conquistar un viejo sueño de la humanidad: la aniquilación total del cuerpo. Llevan a cabo congresos periódicos —a los que invitan a la prensa— para explicar sus planteamientos. Los conferenciantes terminan sus charlas con diversas demostraciones, pero hay un elemento común a todas, que las vuelven tediosas: al final cadáveres de variada procedencia son sometidos a procesos de pulverización irrepetibles. Siempre se incluyen presentaciones públicas, en las que se proclama el otorgamiento de una suma exorbitante de dinero, como premio al que sea capaz de encontrar una sola molécula del finado. Los escépticos argumentan que estos actos son simples trucos publicitarios, ya que no se permite la entrada a los que llegan con detectores de partículas propios. Los presentadores responden que las invitaciones controladas y la negativa a permitir el acceso de los que vienen con aparatos no registrados obedecen a motivos de seguridad. Los congresos siempre se acompañan de ferias comerciales, donde se exhiben los últimos adelantos en medios de exterminio corporal. Las ferias despiertan aun más críticas entre los que consideran que tras argumentos académicos tan complejos no hay más que un afán por ganar dinero fácil.
La segunda teoría es una variación de la anterior, pero más pesimista. Las almas desean abandonar los cuerpos pero no pueden. La resurrección es en realidad una vieja maldición: entre alma y cuerpo se desarrollará una lucha eterna y estéril. Sus partidarios se definen a favor del cuerpo y postulan la necesidad de su destrucción total en el momento de la muerte. No basta con su cremación. Los restos deben someterse a una descomposición molecular, que lleve a la división de los átomos en sus partículas primarias. Temen que en última instancia este proceso no es suficiente, que el alma podría perseguir los electrones, protones y neutrones y finalmente lograr la reconstrucción del cuerpo. No obstante, tienen confianza en que la dificultad de la tarea puede llevar a los espíritus —que ellos postulan son vagos por naturaleza— a posponer la tarea y continuar su eternidad en el limbo. No es necesario añadir que la idea tiene una amplia aceptación en los centros de investigación, y que cada vez se dedican más recursos a la utopía de una destrucción total del cuerpo.
Otra propuesta está ganando aceptación entre ciertos círculos teológicos, y es atacada con sorna por los ateos debido al uso de un lenguaje anticuado. Postula que los muertos resucitarán con sus viejos cuerpos llenos de vitalidad. Sin embargo —y pese a su infinita bondad—, El Todopoderoso habrá olvidado actualizarles el alma. No serán más que idiotas en un mundo moderno. Hablarán idiomas incomprensibles. Las ciudades otra vez se verán llenas de vagabundos. Seres perdidos que no entienden de direcciones, incapaces de accionar los modernos medios de transportes, inútiles e improductivos. Para remediar esta situación han propuesto la impresión de una serie de folletos que explican cómo educar a los espíritus.
Los patrocinadores esta última tesis enfrentan dos obstáculos, aunque esperan resolverlos en un futuro cercano: la carencia de viejas impresoras —que permitan la tirada de los folletos en un formato conocido para los que fallecieron hace cientos de años— y la falta de traductores de lenguas muertas.
Mientras tanto, quienes temen la resurrección luchan por alcanzar un refugio seguro, más allá de cementerios y funerarias, y huyen de las ciudades en busca de la paz de los mortales.
Ilustración: Nicolás Lara.
Nicolás Lara ha participado en numerosos recitales de poesía y publicado los poemarios Los versos vienen del sur, Ortografía de la soledad y Beso con lengua. En estos momentos tiene lista para ser publicada una novela y trabaja en otra. Como artista plástico ha presentado numerosas exposiciones personales en Cuba y otros países, obtenido varios premios nacionales e internacionales y sus obras han sido expuestas y/o forman parte de colecciones provadas y públicas en países como Argentina, Alemania, Brazil, Canadá, Costa Rica, Cuba, Eslovaquia, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Inglaterra, Italia, Kuwai, Méjico, Rusia, Suecia y especialmente en la colección Sotheby`s.

Saturday, June 14, 2008

Escuchando a Peruchín



—¿Has escuchado a Peruchín?me preguntó el pianista y compositor Pedro Aranzola una noche que coincidimos en la cola de espera para entrar al mejor sótano de La Habana a finales de los sesenta, que era un restaurante que se llama El Monseigneur.
Aranzola tenía seis dedos en cada mano. El dedo meñique duplicado en un apéndice innecesario. Me gustaba imaginar la clase de pianista que hubiera sido de tener vida ese remedo inmóvil. De conocerlo, Ravel tendría ahora un concierto para la mano de seis dedos.
—Espero que con ese nombre no se trate de un concertista.
El músico lo tomó a broma y contestó riéndose:
—Es un pianista muy bueno, que tocó con Chepín Chovén y luego en la Casino de la Playa y en la Riverside y por último en la Sinfónica del Beny. Ve por mi casa para que oigas un poco de esa música que tanto criticas.
Yo entonces era un adolescente que asistía todos los domingos, a las once de la mañana, al concierto de la Sinfónica en el Auditorium, trataba de escuchar jazz y detestaba gran parte de la música cubana, especialmente la que hacían las orquestas de charanga, que era precisamente para quienes componía Aranzola, pero no con quienes tocaba Peruchín. Por lo que Aranzola estaba equivocado con mis gustos y yo estaba equivocado con Aranzola y más que equivocado al no conocer a Peruchín.
—Pero, ¿quién ese Peruchín?
—Es nuestro Thelonious Monk, el americano ese al que admiras.
—¿Sabes que es lo mejor de Monk? —me preguntó Aranzola cuando lo visité días más tarde. No imaginaba que fuera un conocedor de jazz. Lo asociaba con la Orquesta Aragón, de la que fue el pianista por muchos años.
—Creo que lo mejor es su inventiva. Pero lo que más me gusta es su sentido del humor.
—Exacto, pero mejor que humor debemos hablar de ironía. La ironía y no el humor es una de las mejores características del arte y la literatura contemporáneos. Algunas de las novelas de Dickens, por ejemplo, están llenas de humor. Sin embargo, carecen de ironía. En Joyce y en Kafka hay ironía —dijo Aranzola, para luego agregar:
—A ver, ¿cuál es el instrumento más importante en el jazz? No es la trompeta, aunque sé que adoras a Miles Davies y a Armstrong. Tampoco es el saxofón, aunque ha jugado un papel más destacado que la trompeta. El instrumento más importante del jazz es el piano, y por una sencilla razón: es el vehículo ideal para la ejecución de standards, la interpretación de los cuales constituye una de las mayores aportaciones del jazz a la música. En esa recreación de una melodía popular, que el ejecutante transforma a su antojo, está la esencia de la música moderna y la solución a la crisis que enfrentan los compositores cultos. Como sabes, hasta después del Barroco no se consideró un pecado tomar las obras de otros compositores y recrearlas. Algunos de los conciertos más famosos de Bach no son más que transcripciones de Vivaldi. Pero a partir de Mozart, a los compositores les entró el culillo de ser originales, de no repetir lo que habían hecho los anteriores sino superarlo. Y el principal culpable de ese error es tu reverenciado Beethoven, que cuando su capacidad inventiva en el campo sinfónico estaba en franca decadencia, se le ocurrió colar un cuarteto de voces en su Novena Sinfonía. Por supuesto que las recreaciones no desaparecieron de la música de concierto, pero se convirtieron en piezas secundarias dentro de la obra de un compositor.
—Pues bien —continuó Aranzola—. Llegó el momento en que por ese rumbo no había nada más que inventar, y Schönberg no hizo más que prolongar la agonía. Así hemos terminado con compositores que escriben obras para otros músicos, que en realidad no las disfrutan sino que se entretienen en buscar los defectos. Pero lo único que tiene que hacer uno es olvidarse de todos esos tipos y acercarse a cualquier pianista de jazz: escucharlo interpretando standards: ahí está resuelto el problema: la melodía es la misma, la hemos escuchado infinidad de veces, pero la interpretación es distinta en cada ocasión: la composición surge diferente cada vez que la oímos. De esta forma tenemos una fuente de creación inagotable, en que desaparecen las distinciones entre música culta y popular, como ocurrió hasta el siglo XVIII, o entre el intérprete y el compositor, como ocurría en la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco, que a pesar de que la Iglesia se metía por el medio con sus curas, como era Vivaldi, resultaba mejor que cuando surgieron los antirreligiosos con alma de cura, como Beethoven. Así de simple es el problema.
—Y Peruchín, ¿qué pinta en todo esto?
—Que las piezas que interpreta Peruchín tienen la misma cualidad de los jazz standards: melodías conocidas pero que suenan distintas. Espérate, te lo voy a poner.
La primera pieza era La Sitiera, que nunca me ha gustado. Peruchín comienza tocándola con limpieza, destacando cada nota sin complicar la melodía y de pronto se lanza a un montuno de mayor inventiva donde intercala fragmentos de otras melodías en variaciones perfectas, pero lo breve de la interpretación impide apreciar más allá de lo imprescindible su destreza. El segundo número resultó uno de mis favoritos, el Son de la Loma, de Miguel Matamoros, que siempre me asombra porque es perfecto y nunca aburrido, y donde también el montuno es lo mejor. Luego vino Over the Rainbow, que no había escuchado en un músico cubano y sólo conocía por la interpretación de Judy Garland. Aquí ya Peruchín brilla con luz propia. La melodía se transforma, suena completamente cubana, casi guajira, en las notas que corren veloces mientras el pianista desarrolla cortas variaciones, como si aún estuviera con la Banda Gigante. Entonces me puse a imaginar como la canción hubiera sonado en la voz del Beny. En Dime mi Cielo pude comprobar que Aranzola tenía razón, que habían semejanzas entre Monk y Peruchín por el tono irónico y cómplice que salía del piano; por los temas intercalados a destiempo que sonaban originales y únicos, y por esa capacidad para quebrar la melodía de forma tal que cuando se escucha por primera vez parece arbitraria, pero que responde a una lógica profunda. Todo esto se apreciaba pese a la brevedad de las piezas, pues ninguna duraba más de tres minutos para cumplir con las exigencias de la firma disquera, y había que imaginar mucho más de lo que escuchaba.
Se lo dije a Aranzola.
Pero en la realidad nunca se lo dije a Aranzola y tampoco supe nunca si Aranzola conocía quién era Monk y si había leído a Dickens o a Joyce, o si sabía de jazz o escuchaba música de concierto. En la cola de El Monseigneur, cuando nos encontrábamos, sólo repetíamos monocordes que el portero era un hijo de puta. Lo demás se me ocurrió años más tarde en el exilio. Oyendo un disco de Peruchín al que nunca conocí ni oí en Cuba. Empecinado en el intento de imaginarlo así.

Ilustración: Nicolás Lara.
Nicolás Lara ha participado en numerosos recitales de poesía y publicado los poemarios Los versos vienen del sur, Ortografía de la soledad y Beso con lengua. En estos momentos tiene lista para ser publicada una novela y trabaja en otra. Como artista plástico ha presentado numerosas exposiciones personales en Cuba y otros países, obtenido varios premios nacionales e internacionales y sus obras han sido expuestas y/o forman parte de colecciones provadas y públicas en países como Argentina, Alemania, Brazil, Canadá, Costa Rica, Cuba, Eslovaquia, España, Estados Unidos, Francia, Hungría, Inglaterra, Italia, Kuwai, Méjico, Rusia, Suecia y especialmente en la colección Sotheby`s.